«Me enferma tu rostro,
como de cañon de revolver,
letal, directo, redondo...
Tu rostro que no es ningun fin,
que es solo un medio.
¿Por qué no me fulminas?
Disparame tus miradas,
o tus palabras o tus lenguas
(la mayoria extrangeras).»
Así te leia el silencio,
mientras me escudriñabas,
como siempre de reojo;
mientras te hablaba de mi vida.
Estabamos los dos sentados;
ambos desnudos, y cansados...
Apague el brillo humeante en mi,
dentro de las falanges;
tu rostro brillo un momento
y me dijiste:
«Te amo»
martes, 17 de julio de 2007
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